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La comunicación sexual

La comunicación en general es un proceso por el cual un emisor (E) envía un mensaje a un receptor (R). Pero, como es un sistema cerrado, para que se establezca realmente la comunicación el (R) debe devolverle al (E) una señal de que ha recibido el mensaje.

La comunicación puede ser verbal (digital o fónica) y paraverbal (analógica o no-fónica).

La comunicación verbal se expresa digitalmente a través de la palabra y el silencio, por ello se dice que es fónica.

La palabra es el soporte del lenguaje. Es un signo codificado modificable en su significado según su forma de expresión que está dado por la entonación, el ritmo y la carga afectiva.

El silencio no es fónico pero es audible. Es un signo de comunicación o incomunicación según la actitud dada.

La comunicación paraverbal se expresa a través de gestos, de mímica y de actitudes por signos o señales significantes que tienen mucha más universalidad que la comunicación verbal que requiere del conocimiento de un idioma común entre quienes se quieren comunicar.

La comunicación sexual requiere de lo ya descripto más la comunicación corporal psicofísica. Se dice que es más fácil desnudarse físicamente que psíquicamente.

Las dificultades comunicacionales de la pareja que se observan más frecuentemente durante las terapias sexuales son: la falta de manejo de la alteridad sexual, el doble mensaje y el mal manejo del tiempo.

A nivel de la alteridad sexual la dificultad comunicacional que se observa más frecuentemente en la pareja es el reemplazo de la complementación (los copartícipes no son ni iguales ni desiguales son “lo otro”) por la competencia, es decir viven en rivalidad como si fueran iguales que luchan por mismo objetivo personal.

En cuanto al doble mensaje lo más común que se observa es que con lo paraverbal se invalida lo expresado verbalmente, es decir, lo que se expresa gestualmente (lo que se quiere decir) es contradictorio con lo que se dice verbalmente.

El mal manejo del tiempo se observa por la igualación del tiempo físico (cronológico) con el psíquico (experiencial). El núcleo crono (tiempo) – topo (lugar) – kinético (movimiento) reconoce la existencia de un tiempo cronológico que es continuo, siempre igual, por ejemplo: un día tiene 24 hs., un mes 30 días, una hora sesenta minutos, etcétera, y un tiempo experiencial que es subjetivo, personal, vivencial por lo tanto discontinuo, es decir, es el hecho que nos permite vivenciar que dos horas pueden ser dos minutos si la estamos pasando bien o un minuto ser una eternidad si tenemos que el enfrentar algo desagradable.

Cuando una pareja iguala ambos tiempos a expensas de vivir el ritmo cronológico y no el experiencial aparece la angustia, la rutina, el hastío, la indiferencia con la sensación de frustración que conduce al tedio, estableciéndose el problema clave de la mala comunicación interpersonal.

Las dificultades de comunicación sexual tienen que ver con el cuánto, el cuándo y el cómo de la interacción sexual.

El cuánto alude a la dimensión temporal de la relación sexual, a los tiempos del sexo.

El tiempo que se requiere para la excitación, el sentir placer y llegar al orgasmo tiene que ver con qué frecuencia se quiere hacer el amor. Qué grado de concordancia se tiene con los intereses de la pareja.

Se plantea qué tiempo requiere la pareja para conocerse ya que la sexualidad es un proceso creativo que debe ir gestándose paulatinamente a partir de los deseos, la sensibilidad y el placer de cada cual.

Algunas parejas toman años en conocerse en sus verdaderas necesidades y deseos sexuales.

Al comienzo de una relación se da normalmente una fuerte atracción, una explosión de erotismo, que moviliza un conjunto de hormonas que permiten compensar las dificultades de ajuste sexual de la pareja.

La emoción, la pasión y la novedad sustituyen al placer físico propiamente tal que las parejas se permiten soñar las escenas más extraordinarias. Pero a medida que la relación se estabiliza es necesario recrear esa pasión conscientemente.

Para que la monogamia no se confunda con monotonía, resulta indispensable ir desarrollando tanto habilidades de comunicación como la mejor técnica sexual para el estilo propio de esa pareja.

Si la pareja no alimenta adecuadamente la pasión sexual a través del tiempo, si no se da el espacio para conocerse y descubrirse sexualmente, hacer el amor puede convertirse rápidamente en una tarea más, un trabajo tedioso.

La mujer está equipada psicofísicamente para erotizarse en forma gradual y calma, a diferencia del varón que prefieren las caricias rápidas y fuertes.

La mujer que llega al orgasmo en forma rápida no es lo habitual, y si el varón presenta una rápida respuesta o algún tipo de eyaculación precoz este problema “temporal” agrava la situación al punto de que muchas mujeres son rotuladas de “frigidas” o anormales por su lentitud de respuesta con relación al modelo masculino.

En la actualidad hay investigaciones que demuestran que cada vez más mujeres tienen orgasmo masturbatorio durante la relación coital con su compañero. Pero también expresan que la masturbación no es la panacea, si bien satisfacen el deseo sexual, se pierde la intimidad y la conexión profunda y afectiva con la pareja.

El orgasmo sincrónico, que parece ser ideal de una pareja, no es la medida del placer sexual y es poco frecuente que ocurra en forma regular. Algunas parejas lo experimentan de vez en cuando, otras nunca. Por lo general, es más bien la excepción que la regla. Parejas de muchos años de convivencia y buen acuerdo sexual suelen lograrlo con habitualidad, pero plantearlo como un hecho ideal sólo conduce a la frustración, o como una exigencia imperativa que genera una nueva complicación dentro de la pareja y, en el peor de los casos, a la mentira por fingimiento.

El deseo o apetito sexual en una pareja presenta un rango de desigualdad que es propio de la condición humana, y tanto el varón como la mujer por más parecidos que sean, siempre serán dos personas distintas, que no tienen por qué tener ganas simultáneamente. Cada pareja va desarrollando ciertas claves, ciertas señales, para evidenciar sus pretensiones sexuales y contrastarlas con las del otro.

El problema surge cuando ese desnivel adquiere un carácter imposible de asumir por algunas de las partes. El sincronismo de deseos es maravilloso pero es la excepción y no la regla. Cuando la desigualdad en el deseo se hace evidente, hay que evitar ese peligroso circulo vicioso en el que uno se vuelve insistente y el otro resistente.

El cuándo se refiere más allá del deseo sexual de cada uno, al momento en que realmente están disponibles para hacer el amor en conjunto.

Desde la segunda mitad del pasado siglo XX la vida cada vez más agitada del ser humano ha resentido los encuentros de la pareja en simultaneidad de intereses.

En general, la sexualidad femenina requiere de un tiempo de relajación y ocio, mucho más prolongado que el varón que, por lo general, suele estar ocupado en sus propias tareas y exige una sexualidad en forma rápida y urgido a veces por sus propias tensiones o en los momentos en que ella los tiene dispuestos para tareas hogareñas o para descansar.

Lo ideal de la mujer está estrechamente ligado a un ambiente romántico o exótico, para el varón, en cambio, el erotismo se centra en el cuerpo de su compañera, su lencería, las posiciones coitales, etcétera.

A diferencia de los varones, para quienes la sexualidad es una forma de relajación, las mujeres necesitan relajarse previamente, es decir desligarse de las preocupaciones cotidianas para vincularse con su libido.

Para la mujer el “cuándo” de la sexualidad está ligado a la calidad de la relación de la pareja. Son pocas las mujeres dispuestas a arreglar los problemas de pareja en la cama. Requieren dejar las cosas claras antes del encuentro sexual. Los varones, en cambio, buscan el sexo como forma de superar un enojo o un mal rato.

Por lo general, a las parejas le cuesta asumir que hay entre ellos problemas de poder. Les molesta que se utilice esa palabra y muchas parejas lo niegan rotundamente.

El poder se refiere precisamente al control que se ejerce dentro de la relación: cómo se deciden las cosas y cuál es el estilo que se impone. Aunque una relación sea aparentemente buena, cuando el poder no está mínimamente distribuido se irán acumulando rencores y conflictos.

No querer hacer el amor o no hacer nada para permitir encuentros sexuales satisfactorios, puede ser una manera de afirmar el poder.

Muchas parejas comienzan una vida sexual satisfactoria pero, pasado un tiempo, después de un hito importante como la maternidad, aparecen inesperadamente trastornos en la sexualidad.

Cuando surgen estos bloqueos inesperados, las mujeres tratan de evitar al máximo el encuentro sexual. A lo largo de la vida, habrá momentos en que ambos estarán dispuestos y ávidos de sexo y, otros, en que estarán menos disponibles. El sexo por más bueno que sea, no va en permanente ascenso.

Tampoco es extraño que haya muchas mujeres que se sienten insatisfechas y afligidas con su figura e inhiben su deseo sexual ante el miedo que le provoca el supuesto rechazo masculino o la imagen en el espejo. Sea cual sea la razón, sea real o imaginada, lo concreto es que se sentirá invadida por una inseguridad tal, que puede llegar a tener efectos devastadores para su sexualidad.

A su vez, algunos varones, apenas han estabilizado una relación, se dejan estar, engordan sin compasión, descuidan su aseo y le restan importancia al vestuario y las mujeres perciben este descuido no sólo como una falta de preocupación personal sino como una falta de respeto hacia ellas.

Por otra parte, para las mujeres no es fácil dejarse llevar por le deseo y perder el control. En general, las mujeres han sido rigurosamente educadas para estar siempre pendientes y atentas a lo que ocurre, es decir, para mantener una actitud más bien de observadoras del acto sexual que de participantes activas.

También es importante distinguir entre rutina y cotidianidad.

  • La cotidianidad es la simplicidad del día a día, y el grueso de nuestra vida está hecha precisamente de pequeños grandes momentos de ese día a día y de cómo somos capaces de vivirlos en forma creativa.
  • La rutina, en cambio, tiene que ver con hábitos repetidos automáticamente y que hacen olvidar la sal y la pimienta de esos pequeños momentos. La clave está en no rutinizar la cotidianidad.

Si bien las características de la sexualidad femenina hacen más complicada la rutina para las mujeres que para los varones, no son pocos los que buscan aventuras y repiten infidelidades encandilados por la posibilidad de escapar de ella. Con el tiempo las parejas se aproximan al sexo como si fuera un trabajo mas ritualizando la actividad sexual y haciéndola monótona.

Las mujeres están mejor dotadas en el arte de animar la cotidianidad. Mantener la emoción y la disponibilidad para hacer al amor requiere de dedicación, energía y creatividad.

El cómo se refiere a las formas de hacer el amor.

En la práctica, muchos de los problemas que se atribuyen al coito están en realidad relacionados con aspectos previos en torno al “cuánto” y al “cuándo”.

Muchas mujeres se sienten anormales porque no les basta la vagina para el placer o no tienen orgasmos en ella.

La mala información hace que no se tengan en cuenta la vulva con sus labios mayores y menores y el clítoris con su capuchón y por lo tanto no se los estimula o se los mantiene ocultos o sienten vergüenza de sentir placer en dichas zonas. La vulva es algo totalmente inexistente, mientras que el clítoris suele tener un halo clandestino.

Otro mito culturalmente muy común es la idea de que el sexo es algo natural, innato que no requiere estudiar ni saber nada previamente. Por lo tanto, se piensa que el sexo surge espontáneamente del amor, en forma absolutamente instintiva. Pero sabemos que todo tiene su cuota de planificación, pero se pretende que una vez dentro de la cama todo resulte por arte de magia.

En la década del 60, la revolución sexual liberó a la mujer del enclaustramiento. En los años 70 la sexualidad fue invadida por artículos mediáticos y libros de autoayuda que proclamaban el erotismo como el estado natural, pero el placer no resultó ser tan espontáneo como el dormir o el comer. Desde los últimos años del milenio pasado se está asumiendo que es un asunto más complejo de lo que se suponía desde el modelo masculino.

Artículo escrito por

Doctor en medicina, psiquiatra, sexólogo clínico, especialista en medicina legal y docente.